Lunes, 2 de julio de 2018

EDITORIAL GETAFE: Cristina y los subterráneos

Hace ya 25 años que Cristina Rosenvinge, junto a Los Subterráneos, cantaba Voy en un coche, y encargaba que le dijeran a su papá y a los chicos que no volvería más. Se debió cansar de su ciudad y decidió ver mundo y correr aventuras por la autopista, mientras instaba a quemar los bares, los tribunales, los rascacielos y los coches de bomberos, como Hernán Cortés mandó quemar las naves para que nadie vacilara ni pusiera en duda la firmeza de sus propósitos.

No sabemos si Cristina Rosenvinge encontraría emoción y aventura en su escapada, y si cumplió su palabra de no volver a aquella ciudad imaginaria, y de no ver más a los chicos de su panda. Pero quien sí sabemos que volvió a su ciudad –en realidad nunca se fue— a reencontrarse con sus amigos y compañeros tras correr alguna aventura judicial en los tribunales que no pudo quemar, a cuenta de unos aparcamientos subterráneos, es otra Cristina, González de apellido, la flamante asesora aúlica de la Alcaldesa de Getafe, Sara Hernández, a razón de 57.000 euros al año.

Cierto que ya hablamos de Cristina González en la anterior edición, pero parece que la actualidad informativa la ha tomado con ella. Y es que, quizá, la resurrección política de Cristina González haya sido prematura, ya que apenas ha terminado de calentar el asiento de su despacho cuando los tribunales vuelven a interesarse por ella. Adivinen por qué. Pues sí adivinaron, porque parece que, del mismo modo que la cabra tira al monte, Cristina González tira a los subterráneos, concretamente a los aparcamientos.

Porque grande fue su hazaña de adjudicar la construcción y explotación de aparcamientos subterráneos a cooperativas gestionadas por sus parientes más cercanos, y más grande aún la hazaña de la Audiencia Provincial archivando un caso que olía a nepotismo clásico a siete leguas. Ya advertíamos en la pasada edición que a Cristina González quizá le diera por repetir sus proezas subterráneas, habida cuenta de lo baratas que le habían salido las primeras. Y parece que el tiempo nos va dando la razón, porque mientras que la flamante asesora se encontraba aún en el limbo político previo a su resurrección, como decíamos más arriba, nunca acabó de irse. Y para poder estar, aunque no ser, en el Ayuntamiento, en algún sitio tenía que aparcar su coche mientras tanto.

Sin embargo, a diferencia del resto de los mortales, parece ser que Cristina González no se sentía obligada a pagar el tique del aparcamiento municipal, seguramente por los señalados servicios que estaba prestando, en la sombra, a su patrona y amiga, Sara Hernández. Quizá, como en la canción de la otra Cristina, los policías le besaban los pies y la dejaban pasar, o quizá todos los santos estaban de su parte y rezaban por ella, como apuntaba Rosenvinge en su famosa canción. Pero lo cierto es que Cristina González, tique a tique, podría haberse ahorrado la no despreciable suma de 1.600 euros, como denunció en su día Mónica Cerdá, hoy concejal no adscrita expulsada del PSOE por enfrentarse a Sara Hernández.

Esta vez ha sido la Audiencia Provincial la que, ante el archivo express de la denuncia de Cerdá por el Juzgado de Instrucción nº 5 de Getafe, ha ordenado la reapertura del llamado 'caso Tickets', por un posible delito de malversación. Y conocido el furor justiciero y el celo por el dinero público que adornan la trayectoria de Sara Hernández –furor y celo que sufrieron los trabajadores de LYMA en sus carnes por distraer algunos euros de ayudas sociales— muchos temieron seriamente por la continuidad de Cristina González como asesora personal de la Alcaldesa.

Sin embargo, todavía no ha tenido lugar el cese fulminante, y los robespierres de mercadillo que rugen de impostada indignación por el Caso Teatro tampoco han pedido la acostumbrada ración de cabezas. Véase, si no, la actitud de Ahora Getafe, el sostén político de Sara Hernández que, cuando se les pregunta, se encogen de hombros. Que se investigue, dicen, y que sea la justicia la que decida. ¡Qué cortés diferencia de criterio! Gracias a ellos, Cristina –González—podrá seguir con su coche en los subterráneos municipales, y no tendrá que decirle a los chicos y chicas de Sara que no volverá más.