Sábado,14 de julio de 2018

EDITORIAL LEGANÉS: Superávit presupuestario, déficit político

Para saber que el secreto de una buena administración, especialmente si se trata de una administración pública, es gastar un euro menos de lo que se ingresa, no hace falta acudir a las cátedras de Hacienda Pública de las universidades, basta con preguntar a cualquier padre o madre de familia. Y para saber que el secreto de una buena administración doméstica es ahorrar e invertir un euro de cada diez que se ingresen, tampoco hace falta tener una cátedra de Economía, basta también, en este caso, con preguntar a cualquier padre o madre de familia que quiera proveer para su futuro y el de sus hijos.

Sin embargo, la analogía familiar, en este segundo caso –el del ahorro- no está tan claro que pueda aplicarse también a las administraciones públicas. Antes al contrario, más bien es un indicador de que algo no anda bien. Una de dos: o los ingresos son excesivos, por lo que procedería una bajada de impuestos, o la gestión del gasto, incluido el gasto de inversión, es ineficaz; lo que indicaría que algunos bienes y servicios se prestan deficientemente. Y si a lo anterior se añade que la deuda está muy por debajo de los límites que marca la Ley de Estabilidad Presupuestaria –el único argumento válido para generar superávit presupuestario es, precisamente, reducir el endeudamiento excesivo— es evidente que el superávit, más que una muestra de virtud y buena gestión, es en realidad la traducción a números de que algo falla.

Por ello, hace mal el Alcalde, Santiago Llorente, en presumir de un superávit de 9,4 millones de euros; porque, una de dos, o ha cobrado demasiados impuestos, o ha dejado sin ejecutar partes muy importantes de los Presupuestos municipales, como por ejemplo, la terminación de la Biblioteca Central, la remodelación del Polideportivo Butarque, la reparación y asfaltado de las calles o el mantenimiento general de la ciudad, por poner sólo algunos ejemplos. Y ninguna de las dos opciones es como para presumir. Naturalmente que, en su descargo, siempre podrá decir que en el Salón de Plenos le bloquean los Presupuestos, y que la oposición no le deja hacer nada.

Algo de eso hay, naturalmente; ahora bien, si el gobierno y la oposición no se ponen de acuerdo en cuánto y en qué gastar el dinero de los ciudadanos –y ya van dos años—la opción políticamente más sensata y más beneficiosa para los vecinos, —ya que el Alcalde presume de que las cuentas están saneadas— sería proponer una bajada general de impuestos: del IBI, del IAE, del Impuesto de Vehículos de Tracción Mecánica, etc. Sería realmente difícil que el gobierno municipal no consiguiera aprobar una bajada de impuestos en Pleno, al menos de un 6,5%, que es precisamente la proporción en la que los ingresos del Consistorio exceden a los gastos… aunque en el Salón de Plenos de Leganés puede pasar cualquier cosa, si nos atenemos a lo que llevamos viendo desde que los gobiernos municipales carecen de mayoría absoluta.

Sin embargo, dicho esto, no cabe responsabilizar únicamente al Alcalde y al Gobierno municipal del clima político que se vive en Leganés. Un microclima alejado de la realidad práctica y de las necesidades reales de los vecinos, donde el principal cultivo no es la resolución de los problemas y necesidades reales de los vecinos sino el postureo, el titular facilón, la destrucción de la imagen y la reputación del adversario, las trifulcas de cara a la galería, las guerras intestinas en el seno de los grupos políticos, las querellas sin otro fundamento que el titular calumnioso, la obsesión de algunos por el urbanismo –ya sea de sótano, de salón o de mercadillo- o por la corrupción –parece que algunos lamentan profundamente que Leganés no haya sido protagonista ni actor secundario en las grandes tramas de corrupción que investiga la Justicia.

Y mientras que los munícipes se entregan a estas vanas elucubraciones ¿queda tiempo para promover el empleo, la inversión, la creación de riqueza, la mejora de los servicios públicos, en una palabra, para trabajar por la ciudad? La respuesta está en ese superávit presupuestario, que es la otra cara de la moneda del déficit político.